La banalidad y la brutalidad del mal: Comentario sobre la película "Ven y mira"

FICHA:
Título original: Idí i smotri
Año: 1985
País de origen: Unión Soviética
Director: Elem Klímov
Duración: 142 minutos (2 horas, 22 minutos aprox.)
Película completa, subtitulada y en Alta Definición: https://ok.ru/video/1404612315764"Ven y Mira" o "Masacre: Ven y mira" (un título sugerente que deja menos a la imaginación que el original) es una película soviética, filmada y estrenada con motivo del 40 aniversario de la victoria en la llamada Gran Guerra Patria por parte del Ejército Rojo de la Unión Soviética sobre la Alemania nazi. La película narra la historia de Flyora, un adolescente que se une al cuerpo de partisanos soviéticos en la Bielorrusia ocupada de 1943 y es testigo de las peores atrocidades perpetradas por los invasores alemanes sobre las aldeas bielorrusas, especialmente por las unidades de las SS y el infame Batallón Dirlewanger, del cual hablaremos más adelante.
El director, Elem Klímov, que hasta ese entonces llevaba una carrera más bien mediocre, se coronó con esta cinta que se ha transformado en un clásico del filme psicológico y el cine de guerra.
Una vez terminé de ver esta película, comencé a
buscar distintas opiniones, reseñas, comentarios y anécdotas sobre la
grabación, el estreno y la recepción del filme. Muchas de ellas concordaban en
una cosa: la película es pesadillesca. Se pueden leer en Wikipedia y en otros varios sitios las
reacciones de la sensible audiencia soviética en el estreno en cines de esta
cinta, donde algunos vomitaron, se desmayaron o salieron horrorizados de la
sala de cine. Existen también las anécdotas de antiguos veteranos de la
Wehrmacht horrorizados por la fidelidad con la que se retratan las atrocidades
nazis contra objetivos civiles en la invasión a la Unión Soviética, y el
testimonio más actual de gente que tuvo pesadillas con la película, que estuvo
pensando mucho tiempo en ella después de verla o que simplemente tenían que
cerrar los ojos o apartar la mirada.
Los mayores comentarios sobre la cinta se basan en el realismo de sus escenas, la atmósfera tensa y agobiante que envuelve a los escenarios y los personajes, y los sugerentes y difíciles de ver planos cerrados sobre la cara perturbada del protagonista. ¿Qué hace posible que un filme sobre la Segunda Guerra Mundial tenga ese efecto sobre los espectadores, que han llegado a catalogarla como una "película de horror"?
La primera respuesta en la que ahondaremos es aquella que trata algunos aspectos cinematográficos y narrativos de la película. Es innegable que desde un principio se encuentran varios elementos que nos permiten catalogar ciertas escenas como "surreales" o que ocurren en un plano onírico. La película conjunta dos elementos especiales: El hiperrealismo de las escenas y de la guerra y la percepción de un espectador, que exagera, resalta o minimiza aspectos de la realidad que lo rodea. Aunque estamos presenciando hechos reales, los estamos presenciando a través de la mirada y la mente del joven protagonista, que es testigo directo de varios de estos acontecimientos, y a través del cual podemos vislumbrar varios aspectos de la película que ayudan a construir un retrato mucho más completo tanto del protagonista, de los diversos personajes, así como el de los villanos de la película.
Esta percepción, cuyo manejo es magistral por parte del director y del actor, se le suma un importante componente: El sonido.
Si hay una película que sabe manejar perfectamente el sonido es ésta. El sonido nos permite ver ciertas escenas sin necesidad de verlas, de entender cuándo presenciamos un sueño, los momentos que son especialmente perturbadores para el protagonista. El trabajo de sonido se hace presente de manera magistral en las escenas más crudas de la película (como la escena de la Isla y la escena de la Aldea), donde se conjunta un sinfín de sonidos estridentes, como llantos, gritos desesperados, música orquestal, risas, el sonido del fuego o de las balas. Si a la escena de un hombre agonizante que relata cómo llegaron los nazis a su aldea o de una Iglesia de madera con cientos de personas dentro ardiendo se le añade todo aquello se tiene como resultado una imagen grotesca, agobiante, que llena de impotencia, de indignación o de terror al espectador. Es el sonido el que nos permite vislumbrar con mayor claridad todo aquello. El realismo y la crudeza de las imágenes en la película son imposibles sin el oído y el descenso a la locura y el trauma del protagonista es inexplicable sin este.
La parte técnica, que da un impulso enorme a la narrativa, está indiscutiblemente bien lograda. El impacto que tuvo esta película debe una parte importante a este aspecto, que, sin embargo, no es el único.
Al aspecto técnico hay que añadirle otro de paralela importancia. Este es el aspecto histórico, o real.
Klímov basó su obra maestra en los relatos y las memorias de Alés Adamovich, quién en su juventud combatió con los partisanos en Bielorrusia y con quien el director escribió el guión. Adamovich fue testigo y documentador de la llamada Matanza de Khatyn, que tuvo lugar en una aldea bielorrusa en 1943. En la matanza tuvieron participación un batallón de las SS, unidades de colaboradores ucranianos y la ya mencionada Brigada Dirlewanger, un cuerpo militar subordinado a las SS y emparentado con los infames batallones Einsatzgruppen (unidades dedicadas al exterminio de judíos, polacos, ciudadanos soviéticos, gitanos y otros grupos étnicos y sociales en los países ocupados por Alemania), con la particularidad de que la Brigada comandada por Oscar Dirlewanger, antiguo preso por haber abusado de niños, eran todos de la condición de su comandante. Entre ex-reos, reos, violadores, pederastas, asesinos, ladrones y desequilibrados mentales estuvo formada aquella brigada, que tuvo una "destacada" participación en la invasión de Polonia y de la Unión Soviética y responsable de la matanza de los sublevados durante el levantamiento de Varsovia. Regresando a los hechos de Khatyn, los pobladores de aquella aldea fueron masacrados, la mayoría incinerados vivos dentro de la iglesia local y la aldea arrasada. Un estimado de 150 personas murieron entre las llamas aquel día.
La anécdota de Adamovich es mucho más escabrosa y cruda que la presentada en la película, sin embargo, existe el hecho de que lo elemental dentro del filme fueron sucesos reales. A Klímov le importaba realizar una película real, y para mostrar la guerra como es, sin elementos alegóricos y ficticios, es necesario mostrar la realidad más perturbadora y cruda, aquella que deje al espectador horrorizado, indignado o asqueado. Para esto, además de las escenas del filme, Klímov recurre a escenas reales de cadáveres y víctimas del Holocausto Nazi y de fotogramas de la toma de aldeas en la URSS. Casi al final del filme aparece una leyenda que reza "628 aldeas fueron arrasadas con todo y sus habitantes en Bielorrusia". De nuevo, si las escenas del filme no son suficientes para decir "esto pasó", Klímov recurre a la realidad histórica para reafirmarlo.
De los muchos elementos que se pueden analizar a profundidad dentro de esta película hay uno que llama mi atención. Klímov no elige realizar retratos heroicos o completamente oscuros de sus personajes, sino retratos, de nuevo, reales. Difícilmente se puede decir que existe algo heroico en el protagonista, que acaba albergando en su interior una cantidad impresionante de traumas y de un odio exacerbado que explota en la escena final (la que no cuento por ser una experiencia que es mucho mejor ver por uno mismo).
Sin embargo, me gustaría detenerme más en los retratos de los soldados alemanes.
Los alemanes no aparecen claramente en el filme hasta el comienzo del clímax. Hasta ese momento, son tratados de una manera similar a la que se les trata en la magnífica Infancia de Iván de Andréi Tarkovsky, como el enemigo silencioso, imperceptible pero siempre amenazante. Cuando aparecen, lo hacen de una forma brutal. A medida que se desenvuelve la acción y la escena principal de la película, vemos a plenitud a los soldados alemanes, a través de los ojos de un perplejo y lívido Flyora. Los vemos extasiados con la matanza, perplejos o callados. Son muchos los rostros alemanes que vemos, y hay algunos que llaman la atención especialmente.
Desconozco, llegados a este punto, si Klímov estaba familiarizado con las ideas de la filósofa alemana Hannah Arendt, pero me parece que no existe otra película que las represente de mejor manera.
En su conocido ensayo Eichmann en Jerusalén, Arendt introduce el concepto de la banalidad del mal, tras haber sido testigo del juicio en Israel al fugado coronel nazi Adolf Eichmann, capturado en 1973 mientras vivía exiliado en Argentina. Eichmann fue uno de los encargados principales de la logística de la llamada Solución Final (endsölung), que terminó con la muerte de once millones de seres humanos. Arendt observa que Eichmann no es la reencarnación del diablo, el ser lleno de odio y mal que pregona la prensa israelí, sino que es un ser humano de lo más común, corriente y casi irrelevante. Para la filósofa es mucho más aterrador saber que un ser humano de lo más común es capaz de cometer las peores atrocidades posibles a pensar que esas atrocidades son acciones de seres llenos de odio y maldad. Arendt analiza que Eichmann actuó como un individuo dentro de un sistema altamente burocratizado, donde la capacidad de análisis y reflexión sobre los actos cometidos se reduce a la famosa frase "sólo estaba cumpliendo órdenes".
Es esta "banalidad del mal" la que observamos en esta película y que se hace totalmente patente en una escena en concreto, después de que los partisanos soviéticos atacan el convoy alemán y mantienen prisioneros a unos cuántos enemigos. Dentro de esos enemigos se encuentra el comandante, un oficial de alto rango de las SS que ordenó la masacre. El coronel comienza disculpándose y excusándose por sus acciones, a través de la traducción de un colaborador ucraniano. El coronel explica que es un hombre viejo, tranquilo e incapaz de causar daño, que se dedica a cuidar de sus nietos y que nunca profesó odio en contra de los pobladores de la Unión Soviética. Esta disculpa y este discurso pueden emparentarse con lo observado por Arendt en Eichmann, que no era siquiera un anti-semita fanático, es más, no tenía casi en absoluto ideas anti-semitas. Las acciones de Eichmann como las del coronel de la película no se realizaron por un odio desmedido en contra de sus objetivos, si no por el cumplimiento automático de órdenes provenientes de un aparato gubernamental y jurídico que tenía en miras la aniquilación de dichos objetivos, depositando el poder de su cumplimiento en las manos de individuos de lo más común que llevan a cabo ciegamente estas acciones. Después del discurso del coronel, un joven oficial le increpa ser un cobarde y Flyora reconoce en el oficial al hombre que instigo a los pobladores de la aldea a dejar a sus hijos dentro de la iglesia y salir ellos por la ventana. Dicho oficial resulta ser un nazi fanático, un hombre consumido por la ideología del aparato estatal que le empuja a cometer esas acciones y que repite más de una vez que "Hay pueblos que no tienen derecho a la existencia". Los demás individuos son colaboradores ucranianos, miembros de la policía pro-alemana que tuvieron una actuación significativa en la matanza. Estos demuestran su lado cobarde y con miedo al denunciar a los alemanes como los únicos perpetradores de la matanza, a gritar "Muerte al fascismo" y suplicar por su vida a los partisanos soviéticos. Finalmente se traza un lienzo de diversas personas culpables de una atrocidad, pero personas comunes, personas patéticas, cobardes e insignificantes. Si aplicamos la teoría de Arendt, vemos que esas personas patéticas, un coronel anciano, un fanático y colaboradores arrepentidos fueron capaces de dar muerte a cientos de personas de una manera cruel y despiadada. No son los alemanes aquí las máquinas de matar perfectas, los soldados de ojos fríos y cara serena o las bestias insaciables de sufrimiento, sino personas comunes y soldados que aún así, son capaces de realizar las acciones más inhumanas. Klímov nunca especifica si los alemanes en la película son miembros de la famosa Brigada Dirlewanger, simplemente se les presenta como subordinados, soldados de la Wehrmacht o de las SS, gente común, enlistados en una institución dedicada a la guerra y absortos completamente por ésta.
La película termina con un fuerte mensaje anti-bélico, quizá mucho más fuerte que el de Apocalypse Now, Platoon, o La delgada línea roja entre otras películas del género. A la brutalidad de la guerra se le combate mostrándola completamente. La escena final es un plano de los partisanos soviéticos siguiendo su camino a través del bosque, quizá como un recordatorio de que la guerra sigue y que aquellos hechos se seguirán reproduciendo. La realidad histórica lo confirma, hasta 1944 no fueron expulsadas las últimas divisiones del ejército nazi del territorio soviético.
Mientras la imagen se oscurece y vemos a aquellos guerrilleros desaparecer en el bosque, suenan las fatídicas e intensas notas del movimiento Lacrimosa, del Réquiem de Mozart. Ésta es, sin duda, una película de obligatoria visualización, un clásico que no ha perdido su fuerza a pesar de haber pasado más de tres décadas de su estreno y que nos continua recordando que la guerra no es gesta heroica, ni un juego, sino tragedia, desgracia y sobre todo, brutalidad y dolor
Lleno de lágrimas será aquel día
En que resurgirá de sus cenizas
El hombre culpable para ser juzgado;
Por lo tanto, ¡Oh Dios!, ten misericordia de él.
Piadoso Señor Jesús,
Concédeles el descanso eterno. Amén.
Los mayores comentarios sobre la cinta se basan en el realismo de sus escenas, la atmósfera tensa y agobiante que envuelve a los escenarios y los personajes, y los sugerentes y difíciles de ver planos cerrados sobre la cara perturbada del protagonista. ¿Qué hace posible que un filme sobre la Segunda Guerra Mundial tenga ese efecto sobre los espectadores, que han llegado a catalogarla como una "película de horror"?
La primera respuesta en la que ahondaremos es aquella que trata algunos aspectos cinematográficos y narrativos de la película. Es innegable que desde un principio se encuentran varios elementos que nos permiten catalogar ciertas escenas como "surreales" o que ocurren en un plano onírico. La película conjunta dos elementos especiales: El hiperrealismo de las escenas y de la guerra y la percepción de un espectador, que exagera, resalta o minimiza aspectos de la realidad que lo rodea. Aunque estamos presenciando hechos reales, los estamos presenciando a través de la mirada y la mente del joven protagonista, que es testigo directo de varios de estos acontecimientos, y a través del cual podemos vislumbrar varios aspectos de la película que ayudan a construir un retrato mucho más completo tanto del protagonista, de los diversos personajes, así como el de los villanos de la película.
Esta percepción, cuyo manejo es magistral por parte del director y del actor, se le suma un importante componente: El sonido.
Si hay una película que sabe manejar perfectamente el sonido es ésta. El sonido nos permite ver ciertas escenas sin necesidad de verlas, de entender cuándo presenciamos un sueño, los momentos que son especialmente perturbadores para el protagonista. El trabajo de sonido se hace presente de manera magistral en las escenas más crudas de la película (como la escena de la Isla y la escena de la Aldea), donde se conjunta un sinfín de sonidos estridentes, como llantos, gritos desesperados, música orquestal, risas, el sonido del fuego o de las balas. Si a la escena de un hombre agonizante que relata cómo llegaron los nazis a su aldea o de una Iglesia de madera con cientos de personas dentro ardiendo se le añade todo aquello se tiene como resultado una imagen grotesca, agobiante, que llena de impotencia, de indignación o de terror al espectador. Es el sonido el que nos permite vislumbrar con mayor claridad todo aquello. El realismo y la crudeza de las imágenes en la película son imposibles sin el oído y el descenso a la locura y el trauma del protagonista es inexplicable sin este.
La parte técnica, que da un impulso enorme a la narrativa, está indiscutiblemente bien lograda. El impacto que tuvo esta película debe una parte importante a este aspecto, que, sin embargo, no es el único.
Al aspecto técnico hay que añadirle otro de paralela importancia. Este es el aspecto histórico, o real.
Klímov basó su obra maestra en los relatos y las memorias de Alés Adamovich, quién en su juventud combatió con los partisanos en Bielorrusia y con quien el director escribió el guión. Adamovich fue testigo y documentador de la llamada Matanza de Khatyn, que tuvo lugar en una aldea bielorrusa en 1943. En la matanza tuvieron participación un batallón de las SS, unidades de colaboradores ucranianos y la ya mencionada Brigada Dirlewanger, un cuerpo militar subordinado a las SS y emparentado con los infames batallones Einsatzgruppen (unidades dedicadas al exterminio de judíos, polacos, ciudadanos soviéticos, gitanos y otros grupos étnicos y sociales en los países ocupados por Alemania), con la particularidad de que la Brigada comandada por Oscar Dirlewanger, antiguo preso por haber abusado de niños, eran todos de la condición de su comandante. Entre ex-reos, reos, violadores, pederastas, asesinos, ladrones y desequilibrados mentales estuvo formada aquella brigada, que tuvo una "destacada" participación en la invasión de Polonia y de la Unión Soviética y responsable de la matanza de los sublevados durante el levantamiento de Varsovia. Regresando a los hechos de Khatyn, los pobladores de aquella aldea fueron masacrados, la mayoría incinerados vivos dentro de la iglesia local y la aldea arrasada. Un estimado de 150 personas murieron entre las llamas aquel día.
La anécdota de Adamovich es mucho más escabrosa y cruda que la presentada en la película, sin embargo, existe el hecho de que lo elemental dentro del filme fueron sucesos reales. A Klímov le importaba realizar una película real, y para mostrar la guerra como es, sin elementos alegóricos y ficticios, es necesario mostrar la realidad más perturbadora y cruda, aquella que deje al espectador horrorizado, indignado o asqueado. Para esto, además de las escenas del filme, Klímov recurre a escenas reales de cadáveres y víctimas del Holocausto Nazi y de fotogramas de la toma de aldeas en la URSS. Casi al final del filme aparece una leyenda que reza "628 aldeas fueron arrasadas con todo y sus habitantes en Bielorrusia". De nuevo, si las escenas del filme no son suficientes para decir "esto pasó", Klímov recurre a la realidad histórica para reafirmarlo.
De los muchos elementos que se pueden analizar a profundidad dentro de esta película hay uno que llama mi atención. Klímov no elige realizar retratos heroicos o completamente oscuros de sus personajes, sino retratos, de nuevo, reales. Difícilmente se puede decir que existe algo heroico en el protagonista, que acaba albergando en su interior una cantidad impresionante de traumas y de un odio exacerbado que explota en la escena final (la que no cuento por ser una experiencia que es mucho mejor ver por uno mismo).
Sin embargo, me gustaría detenerme más en los retratos de los soldados alemanes.
Los alemanes no aparecen claramente en el filme hasta el comienzo del clímax. Hasta ese momento, son tratados de una manera similar a la que se les trata en la magnífica Infancia de Iván de Andréi Tarkovsky, como el enemigo silencioso, imperceptible pero siempre amenazante. Cuando aparecen, lo hacen de una forma brutal. A medida que se desenvuelve la acción y la escena principal de la película, vemos a plenitud a los soldados alemanes, a través de los ojos de un perplejo y lívido Flyora. Los vemos extasiados con la matanza, perplejos o callados. Son muchos los rostros alemanes que vemos, y hay algunos que llaman la atención especialmente.
Desconozco, llegados a este punto, si Klímov estaba familiarizado con las ideas de la filósofa alemana Hannah Arendt, pero me parece que no existe otra película que las represente de mejor manera.
En su conocido ensayo Eichmann en Jerusalén, Arendt introduce el concepto de la banalidad del mal, tras haber sido testigo del juicio en Israel al fugado coronel nazi Adolf Eichmann, capturado en 1973 mientras vivía exiliado en Argentina. Eichmann fue uno de los encargados principales de la logística de la llamada Solución Final (endsölung), que terminó con la muerte de once millones de seres humanos. Arendt observa que Eichmann no es la reencarnación del diablo, el ser lleno de odio y mal que pregona la prensa israelí, sino que es un ser humano de lo más común, corriente y casi irrelevante. Para la filósofa es mucho más aterrador saber que un ser humano de lo más común es capaz de cometer las peores atrocidades posibles a pensar que esas atrocidades son acciones de seres llenos de odio y maldad. Arendt analiza que Eichmann actuó como un individuo dentro de un sistema altamente burocratizado, donde la capacidad de análisis y reflexión sobre los actos cometidos se reduce a la famosa frase "sólo estaba cumpliendo órdenes".
Es esta "banalidad del mal" la que observamos en esta película y que se hace totalmente patente en una escena en concreto, después de que los partisanos soviéticos atacan el convoy alemán y mantienen prisioneros a unos cuántos enemigos. Dentro de esos enemigos se encuentra el comandante, un oficial de alto rango de las SS que ordenó la masacre. El coronel comienza disculpándose y excusándose por sus acciones, a través de la traducción de un colaborador ucraniano. El coronel explica que es un hombre viejo, tranquilo e incapaz de causar daño, que se dedica a cuidar de sus nietos y que nunca profesó odio en contra de los pobladores de la Unión Soviética. Esta disculpa y este discurso pueden emparentarse con lo observado por Arendt en Eichmann, que no era siquiera un anti-semita fanático, es más, no tenía casi en absoluto ideas anti-semitas. Las acciones de Eichmann como las del coronel de la película no se realizaron por un odio desmedido en contra de sus objetivos, si no por el cumplimiento automático de órdenes provenientes de un aparato gubernamental y jurídico que tenía en miras la aniquilación de dichos objetivos, depositando el poder de su cumplimiento en las manos de individuos de lo más común que llevan a cabo ciegamente estas acciones. Después del discurso del coronel, un joven oficial le increpa ser un cobarde y Flyora reconoce en el oficial al hombre que instigo a los pobladores de la aldea a dejar a sus hijos dentro de la iglesia y salir ellos por la ventana. Dicho oficial resulta ser un nazi fanático, un hombre consumido por la ideología del aparato estatal que le empuja a cometer esas acciones y que repite más de una vez que "Hay pueblos que no tienen derecho a la existencia". Los demás individuos son colaboradores ucranianos, miembros de la policía pro-alemana que tuvieron una actuación significativa en la matanza. Estos demuestran su lado cobarde y con miedo al denunciar a los alemanes como los únicos perpetradores de la matanza, a gritar "Muerte al fascismo" y suplicar por su vida a los partisanos soviéticos. Finalmente se traza un lienzo de diversas personas culpables de una atrocidad, pero personas comunes, personas patéticas, cobardes e insignificantes. Si aplicamos la teoría de Arendt, vemos que esas personas patéticas, un coronel anciano, un fanático y colaboradores arrepentidos fueron capaces de dar muerte a cientos de personas de una manera cruel y despiadada. No son los alemanes aquí las máquinas de matar perfectas, los soldados de ojos fríos y cara serena o las bestias insaciables de sufrimiento, sino personas comunes y soldados que aún así, son capaces de realizar las acciones más inhumanas. Klímov nunca especifica si los alemanes en la película son miembros de la famosa Brigada Dirlewanger, simplemente se les presenta como subordinados, soldados de la Wehrmacht o de las SS, gente común, enlistados en una institución dedicada a la guerra y absortos completamente por ésta.
La película termina con un fuerte mensaje anti-bélico, quizá mucho más fuerte que el de Apocalypse Now, Platoon, o La delgada línea roja entre otras películas del género. A la brutalidad de la guerra se le combate mostrándola completamente. La escena final es un plano de los partisanos soviéticos siguiendo su camino a través del bosque, quizá como un recordatorio de que la guerra sigue y que aquellos hechos se seguirán reproduciendo. La realidad histórica lo confirma, hasta 1944 no fueron expulsadas las últimas divisiones del ejército nazi del territorio soviético.
Mientras la imagen se oscurece y vemos a aquellos guerrilleros desaparecer en el bosque, suenan las fatídicas e intensas notas del movimiento Lacrimosa, del Réquiem de Mozart. Ésta es, sin duda, una película de obligatoria visualización, un clásico que no ha perdido su fuerza a pesar de haber pasado más de tres décadas de su estreno y que nos continua recordando que la guerra no es gesta heroica, ni un juego, sino tragedia, desgracia y sobre todo, brutalidad y dolor
Lleno de lágrimas será aquel día
En que resurgirá de sus cenizas
El hombre culpable para ser juzgado;
Por lo tanto, ¡Oh Dios!, ten misericordia de él.
Piadoso Señor Jesús,
Concédeles el descanso eterno. Amén.
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